Celebrar también es una forma de agradecer y de sostener la esperanza.
Hay una imagen de la vida espiritual que ha hecho más daño que muchas herejías: la del creyente serio, de rostro grave, que nunca ríe, que nunca baila, que nunca celebra. El que mira la alegría con sospecha, como si fuera una distracción del camino.
I. El Dios de las fiestas
Esa imagen no viene de la Biblia. Lee el Antiguo Testamento y cuéntalas: no encontrarás una religión triste. Encontrarás fiestas por mandato. La Pascua, para celebrar la libertad. Pentecostés, para celebrar la cosecha. Los Tabernáculos, la fiesta por excelencia, siete días viviendo en cabañas, bailando, cantando, comiendo. «Servid a Jehová con alegría; venid ante su presencia con regocijo» (Salmo 100:2).
II. Jesús, el que celebraba
Jesús no empezó su ministerio en un templo. Empezó en una boda. En Caná de Galilea. Y cuando el vino se acabó —señal de que la fiesta podía morir antes de tiempo— no dijo «es hora de irse». Dijo: «Llenen esas tinajas de agua» (Juan 2:7). Seis tinajas de cien litros. El mejor vino, reservado para el final. Comía con publicanos y pecadores. Hablaba del Reino como de un banquete. Y cuando quiso explicar cómo es Dios con los que vuelven, contó la historia de un padre que no da sermones: da una fiesta. «Traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta» (Lucas 15:23).
III. El gozo no es la felicidad
La felicidad depende de las circunstancias: si todo va bien, eres feliz; si todo se derrumba, se va. El gozo es otra cosa. Es una confianza que no depende de lo que pasa afuera. Es saber que, pase lo que pase, hay Alguien más grande que los problemas. Nehemías lo entendió: «No os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza» (Nehemías 8:10). El gozo es fuerza. La celebración es poder. La fiesta es arma.
Y hay algo más profundo: la celebración no es solo para ti. Es una ofrenda. Cuando celebras en medio del dolor, le dices a Dios: confío en que tu alegría es más fuerte que mi tristeza. Nadie te obliga a reír cuando estás de luto. Pero no cierres la puerta a la posibilidad de que un día vuelvas a hacerlo. El invierno no dura siempre. La primavera siempre vuelve.

